Vivimos en un mundo globalizado, en donde el desarrollo tecnológico a cada momento nos aproxima a lo que Marshall McLuhan denominó “Aldea Global.” En la actualidad los medios de comunicación nos permiten estar al tanto de lo que pasa en el mundo en tiempo real, en esta pequeña aldea los intereses económicos capitalistas y la ideología neoliberal han establecido una estrategia sobre los sistemas de salud a escala mundial que se caracteriza por la privatización de los servicios de sanidad, la desregulación del mercado farmacéutico y la creciente competencia a nivel internacional por parte de empresas monopolistas.
La crisis del estado de bienestar como consecuencia de la introducción de políticas económicas, monetarias, laborales y sociales que se sustentan en la autorregulación del mercado, ha provocado el constante desplazamiento de lo público. En la actualidad el papel del estado se centra en garantizar el libre tránsito de mercancías, así como en actividades poco lucrativas y de seguridad. En el campo de la salud asistimos a la creciente mercantilización de las prácticas médicas, así como al desmantelamiento de los modelos tradicionales de salud, para dar paso a la privatización de este sector, con lo cual se genera un conflicto de intereses entre el afán de acumulación por parte de la industria sanitaria y el derecho a la salud establecido en la “Declaración Universal de Derechos Humanos”, así como en diversas legislaciones de carácter nacional.
En este contexto la industria farmacéutica surge como uno de los actores preponderantes en el mercado de la salud. Su influencia en la implantación de políticas públicas ha sido posible gracias al respaldo de organismos financieros internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional que, además, han logrado coactar a la mayor entidad de salud pública del mundo la Organización Mundial de la Salud (OMS), al punto que la mayor parte de su financiación corre a cargo hoy de la industria farmacéutica y de donantes privados.
En los últimos años este sector se ha caracterizado por una serie de fusiones comerciales que han permitido incrementar su importancia en el mercado. En el 2016, las 10 empresas farmacéuticas más rentables fueron: Pfizer cuyos ingresos ascendieron a 49.9 MM (Mil Millones US$), le siguen Novartis y Roche, con 42.5 MM US$; Sanofi, con 39.9 MM US$; Merk & Co. y Johnson & Johnson, con 35.7 MM US$, GlaxoSmithKline, con 31.2 MM US$.
Una de las prácticas más controvertidas de la industria farmacéutica es el alto costo de algunos medicamentos, inaccesibles para la mayoría de la población. Su principal instrumento es “la patente farmacéutica”, un conjunto de derechos exclusivos concedidos por un Estado al inventor de un nuevo producto o tecnología farmacéutica, susceptible de ser explotado comercialmente por un período limitado de tiempo. Las farmacéuticas justifican estos precios por los altos costos en investigación y desarrollo, sin embargo, los principales egresos de la industria se concentran en marketing y comercialización de productos. Así, la investigación y desarrollo de fármacos recibe alrededor del 13% del presupuesto, mientras los gastos de publicidad suponen entre el 30-35%
En el ámbito de la educación, la industria farmacéutica subsidia universidades, apoya reuniones profesionales, congresos, cursos de capacitación clínicos, financian la impresión y distribución de material didáctico, así como centros de investigación. El resultado es que los médicos sólo reciben información parcializada, en donde la práctica médica está orientada a la medicación, incluso llegan a pensar que hay medicamentos para todo y que siempre las nuevas medicinas son mejores que las ya existentes.
En cuanto a la investigación médica sólo se estudia los efectos de fármacos y tecnología que resulta rentable para la industria, como ejemplo tenemos a los países africanos en donde 60% de las muertes son provocadas por enfermedades infecciosas en comparación con Europa donde sólo representan el 5%, lo cual es una muestra de que el nicho de mercado está en los países del primer mundo. Además, en muchas ocasiones los estudios no son suficientemente amplios, lo importante es concluir gastando el menor tiempo y dinero posible y de esta manera incrementar los beneficios económicos por la venta de un fármaco, aun cuando su eficacia no haya sido probada, como en el caso del anticoagulante de Bayer, Xarelto, que en 2013 mató a 58 personas alrededor del mundo y provocó 750 casos de efectos secundarios graves. La multinacional alemana aceptó indirectamente su responsabilidad abonando a sus parientes una indemnización de $ 5,250 dólares. Ese mismo año Canadá, inició una investigación por la muerte de 23 mujeres que consumían las píldoras anticonceptivas Yaz y Yasmin.
Por otra parte, los resultados de los estudios generalmente no se comparan con un fármaco ya disponible y más barato, sino con un “placebo”, una sustancia sin ningún efecto conocido, lo que supone cierto fraude.
En cuanto a la práctica médica, hay autores como Jörg Blech que afirman que estas industrias a través de su influencia en los círculos científicos y académicos, están haciendo todo lo posible por hacer de la mayor parte de la población, “pacientes”, por ello en el mundo industrializado moderno han hecho su aparición nuevas patologías como: Menopausia Masculina, Trastorno de Ansiedad social, Déficit de Atención e Hiperactividad Infantil, Osteoporosis, Colesterol Alto, Síndrome del Colon Irritable cuya finalidad última es convertirnos en potenciales compradores de remedios a través de un proceso que se conoce como “Medicalización de la Vida”, para ello es necesario convertir aspectos normales de la existencia tales como el nacimiento, la vejez, la sexualidad, la infelicidad y la muerte en enfermedades a través de campañas publicitarias en las que la salud es tratada como una mercancía.
A lo largo de la historia estas compañías se han caracterizado por su falta de ética en cuanto a la implementación de nuevos tratamientos como en el caso de Pfizer. Este consorcio con sede en Brooklyn, Nueva York, en 1998 sacó al mercado un medicamento conocido como “Viagra” para el tratamiento de la disfunción sexual masculina, un año más tarde 17 millones de hombres en el mundo la habían usado, lo cual representaba un verdadero éxito en el mercado.
En la actualidad la industria farmacéutica se encuentra desregulada y sin control, comete excesos con el aval de los gobiernos y los organismos reguladores a nivel internacional, además limita el conocimiento al influir en la investigación, enseñanza y práctica médica. Esto hace preponderante la intervención del Estado en la regulación de precios. La salud no debe verse más como una mercancía sino como un derecho humano, es importante por ello que la investigación sea considerada un bien público orientado a curar y no sólo a tratar enfermedades. Para lograr esta meta es necesario acabar con el sistema de patentes que hacen a los adelantos científicos y médicos inaccesibles para la gran mayoría de la población mundial.
Si la salud es un derecho y no un privilegio todos deben tener acceso a los medicamentos, servicios de salud y tratamientos cuando y donde lo necesiten sin distinción de raza, religión, ideología política, discapacidad, orientación sexual, identidad de género, estatus migratorio o condición económica o social. Asegurar el acceso a la salud universal es una tarea pendiente de los gobiernos. ¡ La salud no es un negocio !